No abandonamos Perú, ni el colegio Fe y Alegria 67 "María Inmaculada", para publicar el relato ganador de un accésit en la categoría "no a la Violencia contra las Niñas y Mujeres", escrito por Lucero Milagros Egoavil.
Me llamo Killa, tengo diez años y vivo en el anexo de Nahuín, en las alturas de Tarma, un lugar hermoso escondido entre montañas que parecen abrazar el cielo. El camino para llegar es una trocha de tierra angosta y peligrosa, donde los carros avanzan despacito junto a laderas profundas y cerros cubiertos de ichu. En la siembra, nuestro valle parece una manta tejida por manos campesinas: tierra marrón, verdes intensos del maíz, manchas moradas de las papas y caminos de barro donde se hunden las botas. El aire huele a tierra mojada, a eucalipto y a esperanza.
Aquí las mujeres no se quedan quietas. Desde muy temprano acompañan a sus esposos al campo, cargando bebés, herramientas o leña. Ayudan a sembrar, deshierbar, cosechar, cuidar animales y luego regresan a cocinar y lavar. Por eso nunca entendí lo que pasó con mi mamá.
Antes éramos tres: mi papá, mi mamá y yo. Mi papá, Santos, tenía manos grandes y ásperas por la tierra, pero me peinaba con una suavidad hermosa. Él me cargaba en hombros para ver el valle desde arriba. Pero una tarde de lluvia no volvió; el camión en el que regresaba resbaló en una curva de ese camino cruel.
Desde entonces, mi mamá cambió. Siguió trabajando, pero su sonrisa se volvió pequeñita. En las noches frías, la escuchaba llorar bajito, abrazando la chompa de mi papá. Ella se llama Rosa y, aunque su corazón estaba roto, seguía levantándose antes del amanecer para sembrar, alimentar los animales y preguntarme: «¿Ya hiciste tu tarea, hijita?».
El dolor más grande vino de nuestra propia comunidad. Cuando había reuniones para decidir sobre el agua o las chacras, mi mamá quería participar porque la tierra también era nuestra. Pero algunos hombres la rechazaban: «Las mujeres no opinan aquí», «Que venga un varón», «Está sola, ¿qué va a decidir?». Esas palabras eran como piedras; mi mamá apretaba sus manos callosas y bajaba la mirada.
En la escuela, mi maestra Elena, que también hablaba quechua, siempre decía: «Las injusticias no se heredan para siempre. Se pueden cambiar». Un día le conté todo. Ella me escuchó y propuso: «Vamos a enseñarles». Organizó la actividad «Las manos que sostienen nuestra comunidad» e invitó a los comuneros. Mis compañeros hablaron de sus madres. Rumi dijo en quechua: «Mamayqa llank’anmi mana samaykuspa» (Mi mamá trabaja sin descansar). Yo preparé un dibujo enorme de la mía y, aunque me temblaban las piernas, dije con firmeza: «Mi mamá trabaja la tierra igual que cualquier hombre. Siembra, cosecha, cocina y me educa. ¿Por qué dicen que no vale su palabra?».
El salón quedó en un silencio pesado. Entonces, doña Jacinta, una anciana con bastón, se levantó y dijo: «Warmikunata mana uyarispaqa, kay llaqtata mana wiñachisun» (Si no escuchamos a las mujeres, este pueblo no crecerá). Muchos bajaron la cabeza.
Semanas después hubo otra reunión. Mi mamá no quería ir por miedo a la humillación, pero le tomé la mano: «Yo estaré contigo». Fuimos. Allí, el presidente comunal anunció: «Hemos reflexionado. Las mujeres trabajan tanto como nosotros. Desde hoy, tendrán voz y voto». El señor Máximo se acercó y le pidió perdón. Mi mamá lloró de alivio.
Ese día levantó la mano y habló con una voz fuerte como nuestras montañas. Aprendí que la tierra florece con lluvia, las personas cambian con respeto y mi mamá no solo cultiva papa y maíz; ella también cultiva dignidad.
Alumn@: Lucero Milagros Egoavil Torres
Edad: 10 años
Colegio: Fe y Alegría 67 “María Inmaculada”
País: Perú
